-¿Ya viste la luna?-
-No, hoy no hay luna, desde hace un tiempo no la veo-.
-No, yo tampoco la he visto. Sé que está ahí, pero no la veo.
¿Sabes? Antes la veía a diario, cada noche me iluminaba con su eterno resplandor y era feliz. Durante el día sabía que aunque no la podía ver, estaba ahí, vigilándome, esperándome, y yo la esperaba a ella. Sentía dentro de mí una sensación de enorme dicha por saber que nos encontraríamos cada noche, una y otra vez. Cuando la veía (en el tiempo en que la veía), mis ojos brillaban, creo que aún más que ella. En realidad no se de cierto si mis ojos reflejaban su resplandor, o era ella quien reflejaba el brillo de mis ojos; mariposas volaban dentro de mí y recorrían todo mi cuerpo provocando una sensación inexplicable, irrepetible.
¡Qué pena me dan aquellos que viven en otros planetas! ¿Te imaginas? Vivir rodeado de lunas, cada una con su propia luz, querer llegar a una y saber que ninguna es tuya o peor aún, no saber cuál es la que te corresponde, vivir siempre en el anhelo de encontrarla, de tocarla sabiendo en el fondo que no es para ti. No, yo no podría ser neptuniano, o plutoniano. En la Tierra, en cambio, sólo tenemos una. Probablemente hay más, seguramente cada quien tiene la suya, pero eso es lo mejor de todo, sólo existe una para cada quien; a cada uno nos corresponde una y sólo una, aunque muchas veces no somos capaces de verla, o de encontrarla. Hay quienes viven creyendo que quien les corresponde es el Sol, o alguna estrella, y en esta creencia pasan la vida entera de estrella en estrella sin llegar a ningún lado, sin encontrar la paz, la felicidad y la luz que sólo su luna les puede dar. El Sol es fuente de vida, es cierto, pero lo compartimos entre todos, terrestre, marcianos, habitantes de cada rincón del sistema. Las estrellas son bellas, tiernas, pintan el cielo de manera artística con sus destellos intermitentes, y ese es el problema, que son intermitentes, a veces te dan su luz, pero otras te la quitan para voltear a otro lado y ofrecerla a alguien más. Pero la Luna, ella es extraordinaria, su luz es eterna, fuente de inspiración, sólo hay que encontrarla, sólo hay que saber buscarla.
Qué tiempos aquellos en los que uno (yo) sólo tenía que voltear al cielo para encontrarla, para saber que estaba siempre a mi lado; y al suyo, una infinidad de pequeñas estrellas queriendo hacerle competencia, queriendo brillar más que ella, pero no era posible, la Luna es única, irrepetible, inmejorable. En ocasiones ni siquiera tenía que mirar al cielo, era suficiente con sentir su intensa luz sobre mí iluminándome, tocándome, acariciándome, protegiéndome y fundiéndonos en una maravillosa relación Hombre-Luna, Luna-Hombre. Cuando la veía, cuando nos veíamos, había magia, la magia que sólo ella te puede dar. Puedo decirte, sin temor a equivocarme, que he conocido la Luna como nunca nadie lo hará, nadie conocerá su luna como yo a la mía. Recorrí cada centímetro suyo, conozco cada cráter, cada montaña, cada marca en su suelo, conozco incluso su otra cara, esa donde no hay luz, y aún ahí me sentía feliz porque sabía que en aquel espacio había un rayo de luz para mí.
¡Qué tristeza que ya no la veo! Sé que está ahí, pero no la veo. Camino sin su luz, sin su guía. Y a veces pienso que ella tampoco me ve. Sabe que estoy aquí, pero no me ve, no me puede ver. En realidad aunque yo no la vea siento su luz. Sé que un día, cuando pase el eclipse, nos volveremos a ver, me llenará de luz y yo a ella y volveremos a ser Luna y Hombre, cuando pase el eclipse.