Tenía tiempo sin escribir en este espacio (y hoy estoy aquí, sentando ante la computadora con una taza de café y un cigarro, pensando en banalidades), la última vez que lo retomé prometí escribir más seguido pero, seamos sinceros ¿alguien cumple sus promesas? Y me refiero a realmente cumplir. Es cierto que hay muchas muy importantes y que nosotros mismos nos presionamos a cumplir; pero hay otras, en cambio, que simplemente olvidamos digamos, por ejemplo, los propósitos de año nuevo.
Esto en realidad no viene al caso (y me pregunto si hay algo que lo haga). Y es que hoy no escribo sobre nada en especial. Tenía la más sincera disposición de escribir sobre algún tema, ya sea política, música, arte, cualquier cosa relacionada con este espacio que hoy retomo; pero en realidad no fluyen las ideas (cuando uno se propone algo pero no lo consigue es desesperante), no viene a mi mente un tema, una palabra, una buena idea a la cual recurrir para partir de ella. Y no es que no haya algo sobre lo cual escribir. Muy por el contrario ha habido crisis, nuevo presidente en Estados Unidos, elecciones federales a la vuelta de la esquina en nuestro país, dimes y diretes entre IFE y televisoras, escándalos políticos… un sin fin de temas dignos de un artículo, pero no me fluyen, las palabras no salen de mi mente, las palabras no llegan a mis dedos para ser transportadas a la pantalla por medio de un teclado.
Pero eso no me detiene, estoy aquí (como ya lo había mencionado) sentado frente a la computadora con una taza de café y un cigarro, pensando en banalidades, esperando que llegue la inspiración. Llevo ya un largo rato, hace unos minutos tenía en la mente algo, comencé a escribir, mis dedos se paseaban rápidamente sobre el teclado que, cansado de mis constantes golpeteos, ponía en la pantalla letras que yo no le pedía lo cual me hacía borrar y escribir de nuevo, borrar y escribir de nuevo. Simplemente no podía parar, la idea era grandiosa, el tema era perfecto, las ideas fluían, salían las palabras, la pantalla se llenaba sin siquiera darme cuenta y entonces… el teléfono suena, intento dejarlo así hasta que se canse (ya contestará alguien más) pero inmerso en la escritura y en mi esfuerzo por no dejar ir las palabras no recordaba que no había nadie en casa, por fin me doy cuenta de ello y corro hasta el teléfono a contestar (pienso que ante tanta insistencia seguramente la llamada es importante). Doy el último trago a mi café y termino por apagar el cigarro que ya estaba completamente consumido sobre el cenicero.
- ¿Bueno?
- Buenas tardes, ¿me puedes comunicar con Diego?
- Lo siento, número equivocado…
Regreso a la computadora, el texto está ahí, esperando ser terminado por el que escribe, esperando la continuación, el cursor parpadea pidiendo desesperadamente que siga escribiendo. Ahí está el texto pero ¿a dónde se fue la idea? No puedo continuar, por más que leo (y releo) lo que llevo hasta ese momento, por más que intento recordar qué era lo que quería plasmar después de ello no puedo. Desesperado (ahora yo más que el cursor) me sirvo otro café, prendo otro cigarro, borro, escribo, borro… pero ya no puedo seguir escribiendo. La idea se fue, simplemente me ha abandonado como quejándose de mi distracción, de mi falta de atención, del mismo abandono en que yo la deje al ir a contestar una llamada equivocada. Por eso estoy aquí, sentando ante la computadora con una taza de café y un cigarro, pensando en banalidades.
Los espero en la próxima para echarnos otro buen café (y un cigarro…).